Por: Nelcy Preciado – Practicante de Trabajo Social
El pasado viernes 27 de febrero, el salón parroquial de San Fernando, en la ciudad de Cali, se convirtió en un espacio de encuentro, diálogo y esperanza colectiva. Allí se llevó a cabo el segundo encuentro de la “Agenda por la Vida”, una iniciativa promovida por el Observatorio de Realidades Sociales de la Arquidiócesis de Cali, en el que participaron además de la Iglesia particular, 35 organizaciones e instituciones, quienes acompañaron este proceso orientado a fortalecer las redes interinstitucionales y el trabajo articulado en favor de los territorios.
Desde el inicio de la jornada se dejó claro que el propósito del encuentro iba más allá del intercambio discursivo. Bajo el marco conceptual de “Juntarnos es nuestra esperanza”, se propuso una lectura crítica de las realidades sociales que atraviesan las comunidades, abordando líneas de acción como, democracia, participación, pedagogía y agendas comunes para cuidar la vida.
Uno de los énfasis más reiterados fue la reflexión sobre la democracia, entendida no como un hecho aislado ni reducida al acto electoral, sino como un proceso permanente de participación activa, vigilancia ciudadana y exigibilidad de derechos. En consonancia con lo planteado en la carta enviada por el PAPA León XIV, para la cuaresma 2026 se subrayó que la democracia auténtica se construye desde la corresponsabilidad, el compromiso con el bien común y la participación consciente de la ciudadanía en la vida pública. En este sentido, se insistió en que la democracia participativa sólo cobra sentido cuando las personas y las comunidades inciden de manera concreta en la construcción de la agenda pública y en el seguimiento crítico de las políticas que afectan sus territorios. De lo contrario, corre el riesgo de quedarse en el plano del discurso, vaciarse de contenido ético y reproducir prácticas formales que poco transforman las realidades de exclusión, desigualdad y vulneración de derechos.
Sin embargo, uno de los momentos más significativos fue la actividad participativa mediada por una figura geométrica, a través de la cual se plantearon preguntas provocadoras como: ¿qué saber comunitario debemos cuidar y compartir?, ¿qué conversación urgente debemos abrir este año? y ¿cómo podemos organizarnos para proteger la vida? Cada pregunta, acompañada de consignas como agendas por la dignidad, democracia y conversaciones políticas, políticas públicas y ecosistema pedagógico, invitó a asumir compromisos individuales y colectivos.
También emergió con fuerza el eje de la memoria, comprendida no como un ejercicio del pasado, sino como una herramienta política y pedagógica que orienta las acciones del presente. Pensar la memoria implicó visibilizar luchas, resistencias y procesos comunitarios que han sido históricamente invisibilizados, pero que hoy siguen siendo fundamentales para la defensa de la vida y la dignidad humana.
La jornada concluyó con una plenaria, en la cual cada grupo socializó los principales aportes, reflexiones y compromisos construidos durante el trabajo colectivo. Este espacio permitió identificar puntos de encuentro, tensiones y desafíos comunes, así como reafirmar la necesidad de articular esfuerzos para evitar la dispersión de acciones. La plenaria no solo sintetizó lo trabajado, sino que evidenció la urgencia de pasar del análisis a la acción, de la palabra al compromiso sostenido en el tiempo.
El cierre del encuentro dejó una reflexión compartida: juntarse no es suficiente si no se generan procesos de incidencia reales en los territorios. El segundo encuentro de la “Agenda por la Vida” se consolidó como un espacio de interpelación crítica, donde la esperanza se entiende no como expectativa pasiva, sino como una responsabilidad ética y política que exige coherencia, escucha territorial y acción colectiva.



