Colombia es un país herido por cuenta de injusticias, desigualdades, el conflicto armado y múltiples violencias históricas. Sin embargo, es también un país que, con esperanza, ha sabido sobreponerse al dolor social e insiste en abrir caminos para la reconcilaiación, el perdón y la Paz.
Durante la Semana Santa ocurren varios acontecimientos que merecen ser interpretados a la luz de estos tiempos. Uno de ellos es el lavatorio de los pies, un gesto que para la Pastoral Social de Cali significa pensar en el reconocimiento del otro. Partir de ahí, del gesto que Jesús hizo con sus discipulos, hoy se puede comprender como un acto de humildad y humanidad, de una Iglesia que sirve a los demás con amor comprometido y que en la misión permanente está abierto a reconocer al otro desde su historia para caminar juntos.
Como recuerda el padre Diego Guzmán, Vicario para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, “el lavatorio de los pies es un gesto de servir, y eso es lo más importante”. Desde la Pastoral Social, este servicio se comprende como una opción concreta por la dignidad humana, que va más allá de la ayuda inmediata para convertirse en acompañamiento, defensa de la vida y promoción de condiciones más justas. Servir, en este sentido, es caminar con las comunidades, escuchar sus realidades y comprometerse con sus procesos, haciendo visible una Iglesia que, desde el Evangelio, se pone del lado de quienes más lo necesitan y trabaja por la transformación social.
En la realidad colombiana, ese “otro” tiene muchos rostros: las víctimas que claman justicia, quienes buscan empleo como oportunidad de vida, los jóvenes que sueñan con acceder a la educación, las mujeres violentadas. Son muchos los rostros y muchos los pies. Ante tantas historias marcadas por la exclusión y el silencio, lavar los pies significa también pedir perdón, lo que implica reconocer responsabilidades, otro de los grandes desdafíos del país.
Esto debe comprenderse como un proceso que paso a paso avanza hacia un país reconciliado, que no olvida su historia, sino que la asume con memnoria, verdad, que dignifica a quienes han sufrido y construye nuevas relaciones basadas en el respeto, la justicia y la solidaridad. La paz, en este sentido, se teje en lo cotidiano, en la capacidad de reconocernos como iguales en dignidad, de tramitar los conflictos sin violencia y de apostar, juntos, por un futuro donde la diferencia no sea motivo de ruptura, sino posibilidad de encuentro.
Por otro lado, la Pascua, más que una celebración, es un llamado al compromiso. Es una invitación a poner los pies sobre la tierra y a vivir la fe comprendiendo la realidad de Colombia desde una conciencia crítica que anuncia y denuncia. La Pascua es, por tanto, una invitación a ubicar la acción evangelizadora y social de la Iglesia en medio de las heridas del país, reconociendo en ese actuar la presencia de Dios.
En un contexto marcado por desigualdades profundas, violencias persistentes y desconfianza social, la Iglesia está llamada a profundizar la escucha para construir apuestas colectivas junto a las comunidades. No hay que olvidar que la Iglesia es, ante todo, comunidad. Por eso, no se trata de llegar con fórmulas o respuestas rápidas, sino de dejarse interpelar por el clamor de los territorios, de las comunidades que resisten y de quienes han sido históricamente silenciados. Escuchar, en tiempos de ensordecimiento, es en sí mismo un acto de justicia.
En la compleja realidad colombiana, la Pascua es esperanza: es afirmar que la vida tiene la última palabra sobre la muerte. Desde el Misterio Pascual, la Iglesia renueva su compromiso de encarnarse en la realidad concreta, anunciando el Evangelio desde la opción preferencial por los pobres y poniéndose al servicio de quienes sufren, en la búsqueda del bien común y la dignidad humana. Así, la fe se convierte en acción transformadora y en signo vivo que anuncia, en medio de la oscuridad, la esperanza de que otro país es posible.



