En medio de la coyuntura electoral marcada por un ambiente de polarización política, el analista hizo un llamado a no ver al adversario político como un enemigo.
Su participación se dio en el marco del Foro Voces: paz, democracia y derechos humanos, un espacio convocado por el Observatorio de Realidades Sociales de la Arquidiócesis de Cali, Foro Nacional por Colombia – Capítulo Suroccidente, la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz (FICONPAZ), el Instituto de Estudios Interculturales de la Universidad Javeriana, Oriente Estéreo y la Coordinación Regional del Pacífico Colombiano, organizaciones que unieron esfuerzos para abrir un diálogo ciudadano en la región.
En su intervención, Riveros propuso “ponernos de acuerdo en qué es ese concepto (Democracia) y qué es lo que tenemos que esperar de un sistema que se llame democrático”. Planteó que en esencia la democracia liberal como la conocemos es un sistema que nació para frenar dos tentaciones permanentes del poder: el abuso y la perpetuación.
Sin embargo, la discusión fue más allá. Riveros exploró la tensión real que viven las sociedades contemporáneas: la libertad no es suficiente si no va acompañada de condiciones materiales de vida digna ni de seguridad. Cuando el sistema no garantiza ni lo uno ni lo otro, crece la tentación de sacrificar las libertades a cambio de promesas de bienestar o de orden. Colombia no es ajena a ese dilema. Amplios sectores de la población sienten que la democracia no les provee lo que necesitan, y esa insatisfacción abre la puerta a quienes proponen desencadenar al gobernante de sus límites institucionales bajo la promesa de resultados más rápidos.
Frente a ese riesgo, el analista identificó una condición fundamental para que el debate democrático sea posible: reconocer que nadie tiene la verdad absoluta y que quienes piensan distinto también actúan con el propósito de hacer el bien. “Estamos casi totalmente convencidos que los otros lo que quieren hacer es el mal y que lo que está proponiendo es para hacernos daño. Eso nos lleva al convencimiento de que el que tengo la verdad soy yo. Y si no salimos, de esa situación, de creer esas dos cosas, estamos muy cerquita, muy cerquita de romper las reglas del juego democrático”. Por eso Riveros insistió en que la democracia exige ese esfuerzo ético de ver al adversario político no como un enemigo, sino como un interlocutor legítimo con propuestas distintas sobre cómo llegar al mismo horizonte.
Por eso Riveros hizo un llamado directo: dejar de ver al contradictor político como un enemigo que actúa con maldad. Quien piensa distinto no quiere destruir el país; tiene otra idea de cómo construirlo. Esa distinción, aparentemente simple, lo cambia todo. Cuando desaparece, el debate se convierte en guerra, los argumentos se reemplazan por descalificaciones y la política deja de ser el espacio donde una sociedad resuelve sus diferencias para convertirse en el escenario donde las profundiza.
La conferencia fue también un llamado a la participación. Las decisiones colectivas deben implicar a todos. Abstenerse no es neutralidad; es dejar el campo libre a quienes sí están dispuestos a decidir por los demás.
La Iglesia, desde su misión de acompañar el cuidado de la vida, asume este espacio como parte de su compromiso con la paz, la justicia y la dignidad humana en Cali y en Colombia.



